New York City: Opulencia y esclavitud contemporánea

Texto y fotografías por Gabriela Ceja

La flamante ciudad de Nueva York, cuyos intimidantes rascacielos platinados, puentes de vertiginosas perspectivas, poderosa iluminación que convierte la noche en el exquisito paisaje de la civilización, eleva las miradas e incita los corazones a una ensoñación donde podemos olvidar que la construcción y funcionamiento del opulento organismo es posible por la fuerza de trabajo de gente que generación tras generación ocupa el lugar de peón que el sistema les asigna.

Pero, ¿Cómo se podría existir de una manera diferente en una urbe cuya configuración implica la explotación y la desigualdad?

Desde sus inicios, los asentamientos holandeses cobraron forma y poder  con la importación de esclavos africanos de cuyos cuerpos se sacó la fuerza laboral para construir la ciudad y acumular riqueza: las subastas de esclavos sucedían precisamente en Wall Street , donde se abrió oficialmente un mercado  (1711) en el que  podían adquirirse esclavos para limpieza doméstica, cuidado de los niños, siembra y construcción.

La esclavitud pudo ser abolida, sin embargo  el modelo de relaciones permanece para la posteridad: las clases de poder ya enriquecidas heredaron recursos económicos y políticos a generaciones que gozan de privilegios y aseguran el éxito de su progenie, mientras que  los esclavos se transformaron en la clase trabajadora cuyo su rol seguirá siendo la servidumbre  y su libertad tendrá el margen que la ajustada relación tiempo-dinero-espacio les permita.

Un sencillo paseo por el distrito financiero  nos deja ver a los herederos de estas generaciones: ocupando el mismo espacio podemos apreciar casi en escala tonal a quienes fungen cada rol: los hombres de negocios, los ejecutivos, los policías, y los dueños de las tiendas, para ir descendiendo cromáticamente en cocineros, repartidores, trabajadores de limpieza y desde luego, los indigentes.

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Además de trabajar para ellos, el sistema mediático ocupa la psique colectiva con la vida de la élite, hay que hablar de sus vidas, celebrar sus logros, adorar sus retratos. Ante esta franca incomodidad, decidí recorrer la ciudad para conocer los otros rostros y escuchar las otras historias de gente cuyas trayectorias de vida han sido forzadas por la necesidad y por un sistema de valores absurdo.

La construcción de la ciudad que como las pirámides egipcias le parece a la gente obra de un milagro alienígena, se erige con horas de mano de obra de miles de peones cuyo tiempo de vida se materializa en las imponentes edificaciones ¿Quiénes son estos peones? ¿De dónde vienen? ¿Qué trayectorias de vida han seguido, forzados a buscar una supervivencia en el modelo económico, social y político al cual han nacido?

Primer encuentro: compañía constructora en Manhattan, calle sexta: el esqueleto para un futuro edificio que albergará el éxito de oficinas o apartamentos. Trabajadores con cascos y chalecos en imparable actividad física: carga, sube, martilla, mezcla.

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Trepado en un elevador, uno de ellos comienza a entonar “cruz de olvido” desde las alturas. Al bajar, le invito un café en el McDonalds (no hubo de otra) cruzando la calle. Sin quitarse el casco pedimos dos cafés y comienza abiertamente a contarme, de manera clara y sintética su trayectoria: A los 14 años salió de Michoacán para cruzar al otro lado. Su primer trabajo fue pizcar uva en los campos californianos, luego un aserradero a cortar árboles y transformarlos en madera para muebles, después hacer caminos, echar el asfalto caliente para hacer carreteras.

Horas incuestionables de fuerza determinada, levantarse a las 4 de la mañana, terminar un turno y en ocasiones seguir con otro, días de trabajo de hasta 18 horas. Esa vida ha seguido hasta sus treinta años, hasta llegar a New York donde se dedica a poner elevadores en los edificios. Jesús es fiel a la cultura laboral, ¿Cómo podría haber logrado todo esto sin serlo? Asegura que de todos los trabajos que ha tenido ninguno se le ha hecho difícil y se admira de la indigencia newyorkina donde “hombres jóvenes y fuertes” andan pidiendo dinero en las calles o en el metro.

La red de poblanos en nueva york sabe perfectamente que esta ciudad espera de ellos todo el estoicismo, disciplina, músculos de acero y sobretodo humildad para aceptar los trabajos en cualquier condición: Ellos conocen muy bien el lujo, la perfección en los terminados de los baños, los pisos, los muros, han habitado esos edificios por meses para poder pagar el cuarto de renta y lograr ahorrar con el tiempo.

Situación no tan diferente es la que encuentran los trabajadores de la construcción en la Ciudad de México y con sus propios compatriotas. En su mayoría indígenas provenientes del interior de la república, se ven en la necesidad de migrar a la ciudad en busca de unos centavos más.

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La ciudad con no menos clasismo y racismo, les brinda doscientos pesos diarios que les alcanza para comer y guardar un poco para mandar a casa. Es el caso de Lizandro y su hijo Saúl, a quienes tuve la oportunidad de conocer en Enero del 2014, al inicio de este proyecto. Provenientes de Altamirano Chiapas, llegan cada seis meses a trabajar como albañiles en compañías constructoras de departamentos para la clase media alta en la colonia del Valle y Narvarte. Los doscientos pesos no alcanzan para mandar dinero a la familia y pagar renta, por lo que Lizandro y Saúl tienen que vivir en la construcción. Sin techo ni baño logran bañarse con una cubeta en la fosa que ellos mismos cavaron y acomodan unas cobijas sobre unas vigas para dormirse al intemperie. Al terminar la construcción, regresarán a Chiapas y así cada seis meses. Está claro que aún cuando construyen estos edificios por años, jamás podrán aspirar a comprar una de estas viviendas en las que dejan la vida.

Las dinámicas del  sistema socioeconómico que la humanidad ha creado modelan la existencia desde el nacimiento hasta la muerte a través de la regulación del espacio físico y psíquico coaccionando ideológica, contextual y económicamente al individuo.

La alienación es un estado en el que el  libre albedrío se ve coartado por una ideología o por un sistema. Es una condición que permea considerablemente la existencia: la identidad, el uso del tiempo y del espacio, el trabajo, el ocio, las relaciones interpersonales, las aspiraciones y las decisiones.

En la preciosa terminal Grand Central, centro laberíntico del transporte de la ciudad, se cruzan cualquier cantidad de pies agitados que se dirigen al trabajo, la escuela, el turismo.

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Elegantes sillas empotradas reciben diariamente  a los eternos ejecutivos trajeados que suben a leer el periódico o checar el celular mientras migrantes cabeza abajo dan brillo a los zapatos en un escenario en el  que los roles nunca se invierten.

A cambio de una boleada pedí a Walter una plática desde la silla-trono. Algo avergonzado pero contento y amable compartió entre otras cosas que trabaja 12 horas sin goce de sueldo (sólo propinas que a veces no recibe) no cruza palabras con los clientes, no tiene planes de regresar a Ecuador ni de cambiar de trabajo porque después de todo es mejor este trabajo que en la fábrica, donde no puedes siquiera voltear o descansar la espalda.

El llamado libre albedrío queda paralizado ante las circunstancias que el sistema socioeconómico tiene planteadas para recibirnos al nacer, como quien entra en una película que ya está empezada, a jugar en un tablero arreglado o a participar en una tómbola donde el 1% de los participantes ya sacaron el boleto premiado para la vida.

De ahí entonces, los caminos se comienzan a andar y los problemas a resolverse, de ello me platicó  Nely, una persona muy dulce, empleada de limpieza del aeropuerto John F. Kennedy cuya tarea de hacer baños y sacar bolsas de basura interrumpí con una breve entrevista. Me contó lo fea y sucia que le pareció la ciudad cuando llegó a los 33 años, de cómo sacó a sus hijos trabajando como costurera, dándoles las carreras de abogado y secretaria bilingüe. Después de 9/11 muchas maquiladoras cerraron, y desde entonces trabaja en JFK como empleada de limpieza. Piensa jubilarse a los 65 años o sea, dentro de 4 más.

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En Times Square, centro magnético de la religión del capitalismo, las imágenes de adoración aparecen en preciosas pantallas gigantes hipnotizando turistas que irán al encuentro con los novedosísimos escaparates para ver  todas las posibles variaciones que el sistema de producción y consumo de mercancías puede inventar en forma de vestidos, abrigos, joyas, perfumes, relojes, zapatos en urgente transformación. En el furor colectivo de este despliegue de luz de repente se puede advertir quienes están debajo de los personajes con los que los niños se toman fotos.

Estos trabajadores empeluchados de Tijuana, Perú y Ecuador quienes, además de platicar abiertamente sobre un trabajo lleno de adrenalina, me invitaron a trabajar con ellos una noche, me prestaron generosamente un traje y me enseñaron los trucos para ganar las propinas. Al final, repartimos las ganancias entre tres y comprendí que es bastante difícil portar el uniforme de la fantasía de Disney, luchar por el espacio y ganarse la comida haciéndose el chistoso. Meses pasaron desde ese encuentro, se fue el invierno, llegó la primavera, hordas de turistas fueron y vinieron y a mi regreso en el verano, los encuentro en el mismo lugar, con los mismos trajes como si aquella noche nunca hubiera terminado.

 

Gabriela  Ceja

Es artista visual, investigadora y profesora, egresada de la Escuela Nacional de Artes Plásticas, UNAM.

Su obra artística y pedagógica, gira en torno a los conceptos de trabajo,  identidad  y alienación, la cual ha desarrollado  principalmente en la Ciudad de México y Nueva York, donde explora entornos laborales y realiza investigaciones psicosociales e inter-relacionales a través de estrategias artísticas para amplificar testimonios y realidades de trabajadores.

Siendo el arte y la educación herramientas para la transformación social, diseña programas pedagógicos  interdisciplinarios que expanden públicos y espacios. Actualmente vive en el Bronx NY,  donde se ha propuesto hacer del “Inventario Laboral” un periódico participativo donde se desplieguen los rostros y voces de los trabajadores de la urbe.

 

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