ÉSTE NO ES TU BARRIO

Texto por Blanca Sotos

Acontece en la actualidad un fenómeno según el cual la mayoría de las ciudades postfordistas del mundo sufre un proceso de recalificación de los terrenos que se hallan situados en sus centros urbanos; tristemente comprobamos que, salvo en contadas ocasiones, esta necesidad de rehabilitación de los barrios históricos abandonados durante décadas tiene por contrapartida el aburguesamiento residencial y el desplazamiento de la población de menor poder adquisitivo
hacia la periferia.

Tales políticas de «regeneración», «renovación», «revitalización», «reurbanización», «renacimiento urbano» (la cursiva es mía) acaban por desembocar, si es que no son directamente, en procesos de gentrificación.» Este odioso calco lingüístico, procedente del término inglés gentrification, hace referencia al término gentry que, a su vez, procede del francés genterie y que significa gentil, de alta cuna, noble. Es decir, como bien apuntaba la socióloga Ruth Glass, se trata de una cuestión de clase:

«One by one, many of the working class quarters in London have been invaded by the middle-classes (…) Larger Victorian houses, downgraded in an earlier or recent period (…) have been upgraded again. Once this process of gentrification starts in a district it goes rapidly until most of the original working-class occupiers are displaced and the whole social character of the district is changed»1

Hace poco me quedé estupefacta ante una de las preguntas más acertadas que he escuchado últimamente, a saber: si la gentrificación se circunscribe a un fenómeno meramente urbanístico o si dentro de ella se pueden englobar distintos procesos que superan lo urbano. Dicha pregunta me remitió a una lectura reciente: Indies, hipsters y gafapastas. Crónica de una dominación cultural, donde se examina el concepto de lo hípster, que parece ser una consecuencia de ésta y cuya aproximación exige de nuevo un planteamiento de clase:

«su origen remoto está en la generación beat de los años cuarenta, aquellos chavales blancos hedonistas que decidieron bajarse en marcha del “sueño americano” para escuchar jazz, fumar marihuana y ver un poco de mundo. Cuando alguien habla hoy de hípsters se refiere a la subcultura nacida a comienzos del siglo XXI en Brooklyn, barrio de Nueva York convertido en patio de recreo para jóvenes blancos acomodados que aspiran a triunfar en las industrias creativas. El daño colateral de la operación fue expulsar de la zona a negros, latinos y “sin techo” mediante una combinación de represión policial y subida de los alquileres. Este proceso de transformar un barrio en decadencia en parque temático del cool recibe el nombre de gentrificación2
Desde que hace aproximadamente diez años llegué a la Ciudad de México por vez primera, he tenido oportunidad de habitar distintas partes de la ciudad: Iztacalco, La Roma, Nápoles, Centro Histórico… Cuando me mudé al Centro Histórico y fui a hacer la primera compra en el supermercado de mi barrio, sobre la repisa de los jabones encontré una bala de fusil AK-47, más conocido por estos lares como «Cuerno de Chivo.» Caminaba por un pasillo atestado de paquetes de comida XXL, cuando me distrajo el bloque tricolor de las pilas de jabones. En el único hueco faltante, allí estaba, mirándome fijamente. Me quedé absorta por un buen rato, hasta que caí en la cuenta de que no era muy buena idea quedarme allí parada; agarré la bala, la guardé en mi bolsillo derecho y seguí haciendo la compra como si nada. Cuando llegué a mi casa, tuve la sensación de llevar en mi bolsillo el mayor de los tesoros, una sensación parecida a la de los niños que a la vuelta del colegio se van guardando en sus abrigos piedras, palos y demás trozos de basura antes de ser sistemáticamente decomisados por sus madres en casa.

Antes de mudarme al Centro, al preguntar en una mesa del bar más hípster de la Roma por las rentas en la colonia Santa María de la Ribera, colonia en pleno proceso de gentrificación, recuerdo un comentario muy significativo salido de la boca de un defeño con complejo de cristiano viejo: «Es culpa de los extranjeros que vienen a gentrificar nuestros barrios»; una joya que me recordó a las bromas que hacíamos en la facultad para reírnos de la retórica xenófoba: «Ahí vienen los estudiantes Erasmus a quitarnos las matrículas de honor».

Como decía Thomas Frank en una entrevista, «las élites adoran las revoluciones que se limitan a cambios estéticos»; tal vez por eso los ortodoxos de lo hip huyen despavoridos de la chusma que inunda la Roma, Lavapiés, Neukölln o Williamsburg hacia colonias donde aún puedan ser habitantes excepcionales, donde aún quepa la distinción, distinción que no deja de ser una distinción de clase. Pero no hay escapatoria, como los hípsters, la inmensa mayoría de nosotros odiamos la gentrificación que nosotros mismos alimentamos y, al odiarla, la revitalizamos y gentrificamos nuestras mentes alentando un fascismo más allá del estético. Dejemos de replicar la segregación, ya sea física o propia de otros terrenos menos terrenales. Mi barrio, mi bolsillo, mi casa… ¿No será más bien, el barrio en el que vivo, el bolsillo del pantalón, la casa que rento? ¿Tendrá esto algo que ver con la relación de propiedad que seguimos manteniendo con la tierra, la tierra que es de aquél que la trabaja?

La verdad es que a veces no sé si prefiero vivir en la Roma con cristianos viejos o en las aguas negras de Ecapetec; luego meto la mano en mi bolsillo derecho y se me pasa.

1 Glass, R. (1964) Introduction to London: aspects of change. Centre for Urban Studies, London (reimpr. in Glass, R. (1989) Cliche´s of Urban Doom, pp. 132–158. Oxford: Blackwell).

2 Lenore, V. (2014) Indies, hipsters y gafapastas, p. 41. Madrid, Capitán Swing.

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