Fondazione Prada

Texto por Mariana Barrón | Fotografías por César Mendoza

Hacía ya unos años que había estado en esta ciudad por última vez, me acuerdo perfecto, hacía un calor infernal. Milano fue mi casa por unos 11 meses, es una ciudad triste y muy cara, en realidad, cuando me fui a estudiar mi último año de arquitectura al Politecnico di Milano no tenía idea de que había escogido una ciudad un tanto difícil, muy gris y con no muy buen estima entre los italianos. Típico fenómeno de las ciudades con aires de superioridad, supongo. En invierno anochece a las 4pm y en verano hay un calor infernal que no baja de los 38º con muchísima humedad, aún así nunca dejó de encantarme con sus vitrinas y bellos aparadores de las marcas de ropa más ricas del mundo. Descubrí porqué era una ciudad tan aclamada por su vestimenta, sus sastres o sus zapateros. El encanto de los edificios renacentistas del clásico italiano son la escenografía perfecta de los miles de aficionados de la industria del vestido. Me encontraba con gente vestida con Armani, Prada o Gucci saliendo del metro, con fotógrafos siguiendo a blogueras o con auténticas piezas de Alexander MCQueen por las calles, todo dentro de la normalidad. Hasta había un barrio entero dedicado a la moda, se llamaba ‘Quartieri della Moda’ donde no pasaban más de 2 semanas las mismas escenografías en las vitrinas, a mi me parecía fascinante, aunque fuera sólo ver y desear. A pesar de ser sede del magnífico Duomo, de la Torre Velasca o de la ‘Última Cena’ de Da Vinci no había lugares en esta ciudad tan atractivos para el arte o cultura de otros lados del mundo. Cuando me tocó irme de Milano me prometí volver para el gran evento de la exposición mundial que se iba a celebrar en el año 2015.

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Como bien sucedió, regresé para ver la expo además de encontrarme con fenómenos que me desconcertaron. Sentí que ahora sí se notaba la crisis que hace un par de años nunca vi en evidencia. Milano se veía rara, con mucho turismo por la exposición mundial pero sin sus italianos radiantes. Tiempo antes había leído el desastre que fue toda la organización de la expo; Iwan Baan y Herzog & de Meuron se quejaban en las redes sociales, además hubo varias revueltas ciudadanas en contra de este evento debido al gasto ‘innecesario’ del gobierno italiano. Ahora, lo que entusiasmaba más era ir al nuevo edificio de Rem Koolhaas en la zona industrial de LODI para visitar ‘La Fundación Prada’. Ya había leído muchas cosas sobre la exuberancia del edificio, sobre la torre dorada y la cafetería diseñada por Wes Anderson.

Sesgada por una zona industrial y habitacional de clase media resurge en una antigua destilería la famosa ‘torre dorada’ de Prada. En realidad me perdí un poco al llegar, no es como cuando vas a Polanco en busca del Museo Jumex o por Berlín en busca de la Neue National Gallery de Mies Van der Rohe. Hacia la calle las fachadas eran grises, puro concreto. La verdad,  se puede hablar muy ampliamente del complejo, por un lado es maravilloso su emplazamiento, los remates, los materiales y por otro lado confunde demasiado el tipo de arte que muestran y lo contrastante que resulta toda esta abundancia de bienes con la situación económica actual de países como la propia Italia, España o Grecia.

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Obviamente el elemento protagónico es la ‘Torre Dorada’ llamada por la gente de la fundación como ‘Haunted House’. Koolhaas, tenía que tener una respuesta muy concreta sobre este elemento. Antes de ver fotografías del edificio e imaginar cómo se iba a ver muchos arquitectos nos preguntábamos si íbamos a regresar a la arquitectura ochentera o a ‘Learning from Las Vegas’ de Denisse Scott Brown y Robert Venturi. Ante las persistentes preguntas de la prensa sobre la exuberancia de la fundación, Koolhaas responde que la torre debía de ser el ícono de esta construcción ‘modesta’. Se hizo un recubrimiento de oro de 24 kilates por una simple y sencilla razón, el oro es más económico que el mármol o pintura. Como era de esperarse, lo único que quería ver era la famosa torre, que en ese momento albergaba 3 salas de exhibición. Como es un espacio reducido, los visitantes tuvimos que esperar por lo menos una hora para subir a la torre, tiempo que uno aprovecha para pasear por los diversos edificios del complejo. La fundación está compuesta por 8 cuerpos donde 6 de ellos son usados para exhibir arte.

En el cuerpo principal se encuentra además de la torre el podium, donde se exhiben esculturas clásicas grecorromanas. En este caso, si la torre parecía un despilfarre de dinero, el espacio de las galerías no se quedaba atrás. Aquí no había mamparas de tablaroca, ni muros movibles, cada escultura está exhibida sobre placas de mármol y acrílico a diversas alturas, las salas se mostraban majestuosas entre lo vulgar y lo clásico.  El recubrimiento de esta parte del edificio era algo que parecía policarbonato, pero ya muy de cerca se daba uno cuenta que era todo aluminio. Yo no paraba de impresionarme de lo exuberante de los materiales. Entre los edificios hay patios muy sencillos donde el piso era de piezas de madera acomodadas como adoquín.

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Los siguientes cuerpos daban lugar a una sala de cine, a una cisterna y a galerías. El cuerpo más grande se extendía como una ‘L’ que inicia muy angosta para culminar con un espacio grandísimo y un remate con otra torre que permanece todavía bajo construcción. Lo que se exhibía en estas galerías eran obras que iban desde Giorgio di Chirico pasando por Lichtenstein hasta terminar con 10 carros intervenidos por artistas. El recorrido dentro del complejo empieza gloriosamente y mientras vas avanzando se va silenciando en materiales hasta mantener sólo un concreto aparente entre bodegas industriales que parecieran ser de principios del siglo XIX. La escala va de menos a más y mientras permanecía sentada bebiendo agua fría para aguantar el calor no dejaba de pensar que quizá el mismo Koolhaas planteaba retratar en un edificio los contrastes económicos que la sociedad contemporánea debe afrontar. Un año antes ya nos había consternado su posición sobre ‘lo fundamental’ en la Bienal de Venecia y con la Fundación Prada vuelve a cuestionar y mostrar una escenografía del espectáculo que todos consumimos.

 

 

 

Mariana Barrón Rubio
Arquitecta de la UNAM nacida en 1989. Aparece en una obra de Miguel Calderón y en 2007, al visitar la exposición ‘La era de la discrepancia’, se obsesiona con el arte contemporáneo. Desde 2011 ha colaborado en proyectos artísticos de Teresa Margolles (La Promesa), Nicolás París (Ejercicios de Resistencia), Fuentes Rojas-Bordamos por la Paz y Marcela Armas (Vórtice). Fue parte del programa de becarios del MUAC-UNAM de 2013-2014. Participa activamente en El Asunto Urbano y Línea MX. Desde 2013 trabaja en Arquine.

 

OMA
Despacho internacional líder en la práctica de la arquitectura, el urbanismo, y el análisis cultural, su contraparte AMO, es un estudio de la investigación y diseño que trabaja en áreas más allá de la arquitectura como son los medios de comunicación, la política, la energía renovable, la tecnología, la edición y la moda. OMA está dirigida por diez socios incluyendo Rem Koolhaas, Reinier de Graaf, Jason largas, entre otros. Mantiene una práctica internacional con oficinas en Rotterdam, Nueva York, Pekín, Hong Kong, Doha y Dubai.

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