Fotografiar lo invisible

Texto| Mauricio Alejo

A Manuel Marañón lo asaltaron con pistola en la colonia Anáhuac. Le quitaron el celular a cachazos. Regresó a su depa del Centro a vivir su vida y después de un tiempo su celular reapareció en la Guerrero. Reaparecer es un término que tiene que tomarse literalmente en este caso por que nunca se volvió a materializar en sus manos; nada más se hizo presente, tal cual, como aparece un fantasma: en imágenes.

Manuel había contratado un servicio para que todas las fotos que se tomaran con aquel celular se subieran a la “nube”. “Karma is a bitch” La vida de quien compró el celular robado empezó a aparecer en forma de “selfies” en el nuevo celular de Manuel.

Manuel Marañón es un artista y lo que hizo fue trasladar estás imágenes al espacio de exhibición en forma de dípticos en los que acoplaba una imagen que el tomaba con alguna de las que estaba produciendo el nuevo dueño del celular robado. “Soy tu Doppelgänger” se titula esta serie.

Si la fotografía ha desplazado ontológicamente los eventos más allá del tiempo y el espacio en el que ocurrieron, lo que internet ha hecho es catapultarlos a la ubicuidad.

No soy adepto al termino post-fotografía. Lo post-fotográfico asume una disolución de lo fotográfico. Yo creo que la fotografía sigue existiendo, solamente que opera, como lo diría Rosalind Krauss, en el campo expandido. Un campo difuso y poroso que también incluye otros medios y la realidad que produce internet. Quizá esta sensación de que lo fotográfico ya no existe, emana de la creación de una generación joven a la que pertenece Manuel, para la cual definir la especificidad de lo fotográfico es irrelevante y hacerse la pregunta ontológica sobre la relación específica que pueda existir entre una fotografía y la realidad no tiene mucho sentido. Es una generación que se relacionan con imágenes, no con registros de la realidad. Para ellos hay una des-jerarquización que hace equivalente al mundo con su imagen y a la imagen con el mundo.

Hablar de apropiación como estrategia artística en este trabajo de Manuel Marañón no tiene vigencia tampoco. Su generación no cuestiona quien es el autor; simplemente operan sabiendo que esa pregunta ya no tiene importancia. Trabajan asumiendo la ambigüedad autoral que le es connatural a las imágenes técnicas. Al desaparecer el autor, también se vuelve irrelevante la noción de estilo.

Tal cual, es una generación que experimenta el mundo como fotográfico y por eso mismo la fotografía no es una manera de representar el mundo si no un modo de co-producirlo. Precisamente ahí se inserta el trabajo de Manuel; emana del colapso territorial y social que la tecnología produce pero lo hace en una ciudad tan terriblemente asimétrica que ese colapso no puede ser más que violento. Esta dificultad de conciliar dos realidades tan fuera de sincronía vuelve a hacer vigente una pregunta problemática que la democratización de la tecnología se suponía que iba a diluir ¿Quien tiene el derecho sobre las imágenes? ¿A quien le pertenece? ¿Al representado o al que tiene el acceso? No es una pregunta sobre la autoría sino sobre algo más tangible que es la propiedad de la información. Ese es el nuevo campo de batalla de la ideología global: La información como bien de consumo. ¿Quien tienen el privilegio? La virtud del trabajo de Manuel Marañón es que en lugar de desdibujar la línea que divide al centro de la periferia, la hace más nítida.

No me toma por sorpresa que varias de las imágenes sean “selfies” tanto del artista como del sujeto observado. Mientras que el autorretrato es la producción de un “yo” para contemplarme como “otro”; el “selfie” es la producción de un “yo” que se distribuye entre los “otros”. Comparte con el arte su vocación lúdica pero difiere en que el “selfie” tiene funcionalidad. No lo digo de manera devaluatoria. El “selfie” es un dispositivo cultural importante con una pertinencia distinta al autorretrato. El “selfie” como modo de representación corresponde al proceso de individualización de la globalización. Por ejemplo, antes existía un teléfono para la familia, ahora nadie contesta un teléfono si no es el propio. Así, la fotografía ya no es grupal si no que es a partir del “yo” como eje central. Paradójicamente el elemento más importante del “selfie” no es está disposición individual sino justamente es su participación colectiva; en otras palabras, la posibilidad de su publicación y distribución masiva es lo que le da peso específico a su existencia. En el “selfie” está implicada literalmente una enajenación del “yo”. Genera una identidad en el mundo pero también genera el mundo que le da contexto a esa identidad.

Al exhibir estas imágenes en el contexto del arte, Manuel Marañón obliga a tomar una postura moral a quien las observa. Fuera de la pantalla de su celular, colgadas en el muro, significan un acto de transgresión que aunque es simbólica no deja de ser violento y como cualquier acto de transgresión produce un súbito reconocimiento de los límites que trasgrede. Hay una violencia infligida en la intimidad del representado.

El espectador se obliga a tomar un postura ética; consciente o inconscientemente.

Nos coloca en una posición vindicativa o cuando menos incómoda donde la observación no es un voyeurismo pasivo sino una complicidad consentida.

El trabajo de Manuel Marañón fotografía una ciudad invisible; no en el sentido idílico de Italo Calvino. Es una representación activa que nos hace partícipes de las relaciones de violencia en una ciudad que no puede conciliar el colapso que produce la simultaneidad de internet y la de-sincronía excesiva de sus clases.

 

Manuel Marañón Ciudad de México, 1987

Filosofía; Facultad de Filosofía y Letras, CU UNAM; 2006 – 2010

Fotografía; Escuela Activa de Fotografía; 2007 – 2009

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