Hasta para chacharear hay niveles

Texto por Adrián Román

El mejor día para chacharear es el domingo, porque los tianguis de tamaños descomunales abundan en los alrededores de la ciudad. Chacharear satisface las necesidades de consumo, aunque sea visual, de una gran parte de la población menos favorecida económicamente. Los tianguis son obras arquitectónicas colectivas y desmontables. Laberintos de un rato.

Le digo al chófer de la combi que me baje en la Cruz. Aquí no se ve chachara por ningún lado. Es cierto que no todos los puestos se han colocado. Pero no es el tipo de tianguis que busco. Apenas si va saliendo el sol. Huaraches gigantes entran y salen del aceite hirviendo, cubetas y cajas de plástico están a la venta, montones de fruta y verduras, aves vivas, chiles secos, empanadas de mariscos, tacos de cecina y longaniza. Camino cada vez más decepcionado, me habían dicho que se podían encontrar buenas piezas en este lugar, que no era tan conocido y por lo mismo la buena merca abundaba. Por lo general la cháchara siempre se encuentra al final, así que camino más de un kilómetro con paciencia esquivando puestos tubulares que miden menos de uno ochenta de alto, lonas mal amarradas que pandean como panzas guangas y gigantes que me estorban al ir avanzando. Hay señoras, señoras que tienen diez años menos que yo, y llevan su carriola estorbosa que se atora en los baches de un pavimento herido. Al llegar al fondo del tianguis, al chocar contra una tabiquera, el camino se bifurca, pero los puestos a ras de suelo brotan. Ya huele a cháchara.

Omar trabaja en varios tianguis. Los lunes vende allá por Aragón. Tiene una hija que va en cuarto grado de primaria. Los martes Omar vende allá en Santa Cruz Meyehualco. Su hija tiene una mascota, un Yorkshire. El miércoles toca en Martín Carrera. La madre de su hija una tarde se fue, para no volver hasta ahora. Olvidé a dónde me dijo que vende el jueves. Cuando descansa le gusta ir al cine y al parque con su hija. Los viernes le toca por los rumbos del Metro Impulsora. Omar y su hija cocinan todos los días. El sábado es el mejor día para Omar, vende afuera del metro Hidalgo. A veces también trabaja los domingos, no es fácil pagar una pinche renta.

Omar se dedica a la compra y venta de casi cualquier objeto viejo. Tiene una vista bastante desarrollada. Un ojo letal y un arte de negociación desarrollado. Un tiempo estuvo vendiendo en la Lagunilla. Pero la renta es muy pinche cara. $350 pesos por día. Si no traes merca bien pesada, bien chingona, acá, muebles de a dos, tres mil varos, no la armas. Dice Omar. Atrapa máquinas de coser o escribir, un bootleg ochentero de He-man, un álbum cursi y ochentero donde los animales se dicen frases empalagosas. Su rutina es casi inquebrantable; despertar, llevar a su hija a la escuela, lanzarse al tianguis que le toca, poner en chinga el puesto, encargarlo con alguien de confianza y salir a la búsqueda de tesoros.

Hubo un tiempo en que todo el día se la pasaba con el chemo, la caguama, el churro o la Barbie.  El oficio de chacharero le ha brindado varios conocimientos. Sabe distinguir  piedras preciosas y minerales. Ha topado corcholatas valiosas, de los cincuentas o de Star Wars, de las de Seúl 88’. Le cuestan un peso y las vende en $100, $150. No terminó la secundaria, pero sabe distinguir una nave espacial, decir de qué época es, si un G.I. Joe vale o es réplica, si un bootleg es viejo o repro, reconoce unos lentes Ralph Lauren originales, conoce a todos los Monstruos de bolsillo. Ya estuvo casado antes de conocer a la madre de su hija. En ese entonces le gustaba mucho la fiesta. Era frecuente verlo inconsciente sobre el asfalto. Era bueno para el trompo. Aunque hoy prefiere ya no rifarse, siempre piensa, antes de hacerlo, en su hija. Casi todos sus clientes son chavos rucos, gente de su edad que cuenta con medios económicos para pagarse el gusto de acariciarle y acariciarle el pelaje a la nostalgia de su niñez.

Con la mamá de su hija no tiene ningún tipo de contacto. Cuenta con cierto coraje que durante años, cuando ya vendía antigüedades, despreciaba los juguetes mexicanos de plástico inflado, los chafitas del mercado, que le llegó a comprar alguna vez su papá. Un día alguien le habló de los bootlegs. Hoy en día le ha vendido a coleccionistas destacados como Mad Hunter o el japonés del Museo del juguete, y ha salido en programas internacionales de televisión.

La emoción no me duró mucho. Había chacharas, pero nada bueno, puro pinche juguete de McDonalds y Burger King, pura chingadera noventera, mucho Max Steel. Nada de plástico viejo. Lo más viejo que vi fue un tráiler de Micro Machines. No voy a cargar esa mamada. Me regreso encabronado a la Ciudad. A chingá, ¿y esta parte del Estado de México no es la Ciudad también?

Llego a Tepito a las dos de la tarde con ganas de tener suerte. Dormí gran parte del camino. Llevo los ojos bien atentos. No es la mejor hora para chacharear, seguro todo lo bueno ha volado. En una esquina un ruquito se chinga una piedra en un tubo de cristal con un alambre de cobre enmarañado en el medio, como si se tratara de sus entrañas. El ruco tiene los pantalones más mugrosos de la cuadra, pocos dientes, el pelo blanco, joroba, y un sombrero que le cubre el rostro. Seguro se parece a uno de esos habitantes antiguos de Tepito que describe Antonio de Ulloa. Lo único que encuentro y que vale la pena comprar son un taco de hígado y otro de moronga. Camino a la Lagunilla con una caguama en la mano.

       Es cierto, esto es como una tienda de lujo que se abre en el barrio bravo por excelencia de esta inmensa ciudad. Aquí una lámpara vale mil lanas. Un buró ochocientos. Un par de sillas, tres mil quinientos. No es que sea un problema. No creo que los clientes de este lugar sean los tepiteños o la gente que vive cerca de aquí, en la Guerrero, Tlatelolco, Peralvillo. Hay espejos que valen veinte mil pesos. Y no digo que una persona de esos barrios que mencioné no los tenga, seguro que hay gente que tiene muchísimo más. Pero no la gran mayoría. Hay muchos turistas también. Aquí se venden baguettes, con jamón serrano y distintos quesos, cochinita pibil, ensaladas, aguas frescas, todo aquí es muy pulcro, la gente se pone guantes para manejar los ingredientes. Supongo que para algunos pasear en la lagunilla se vuelve algo así como caminar en el lomo de un monstruo.

   Por aquí habrá pasado Cortés cuando fue a visitar por vez primera el mercado de Tlatelolco. ¿Él habrá comenzado con la gentrificación?

 

 

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