La ciudad como palimpsesto

Texto|Milene Zozaya

Ciudad y fotografía son dos conceptos que se implican fácilmente. Un origen que me gusta pensar para éstos, tiene comienzo con los primeros años que aperturaron el siglo XX, en el que ambos emergían en un mundo que descubría aceleradamente nuevas formas de manifestarse, momento también en que ambos iniciaban una carrera en pos de su autonomía. En el caso de la ciudad, la autonomía sería aquella concedida por una infraestructura que expandiera sus fronteras y cristalizara sus ideales, resultados del progreso. En el caso de la fotografía, aquella que le permitiera liberarse de la condición exclusiva del fenómeno físico producido por el obturador y la llevara a consolidarse como un medio.

En ese punto, el binomio fotografía­-ciudad atenderían una acendrada relación. En tanto la ciudad se alimentaría de una sed perenne de magnificarse, de imponer sus territorios, de fagocitar todo aquello que hallara a su paso, la fotografía encontraría en esta vorágine una fascinación por la multiplicidad de realidades generadas a partir de la contraposición de sus fenómenos, tanto en su derrame de exuberancia como de su antípoda más exaltada.

En los albores del siglo, paulatinamente la crónica de la urbe se transformará, pasando de los contemplativos paisajes capturados por la fotografía de cámara, que dejan ver las primeras páginas del surgimiento de lo que serán soberbias demarcaciones urbanas, superdotadas de infraestructura y epicentro de todo tipo de poderes, pasando por décadas enteras de cambio, conflicto y evolución, expresados en imágenes producto de toda una tradición documentalista dentro de la fotografía. En todo caso, la ciudad se presenta casi como un síntoma de la sociedad mutante, quien acompaña su curso dejando atrás sus modelos primigenios para dar paso a próximos ideales económicos, políticos, sociales y estéticos, que la modelan, delimitan y determinan.

Mientras el espacio metropolitano se debate en una lucha perpetua que, en ocasiones lo extiende, en ocasiones lo contrae, la fotografía va encontrando algunas de las libertades que había estado buscando, despojándose progresivamente de sus propios paradigmas y dando lugar a seductoras formas de mirar, que encontraron un oasis en la heterogeneidad de posibilidades convergentes en la ciudad, y que no requirieron más que el tránsito por ella, aunado a la fascinación de su reconocimiento y encuentro: tal es el caso de la fotografía de calle. Al paso por la traza urbana, la fotografía expondrá no solo su forma, sino la saturada yuxtaposición de idiosincrasias que la habitan, a partir de las cuales se irán revelando traslapes de estructuras, formas y los procesos que de ellos se derivan. Las fronteras del espacio privado incidirán en el público. También una diversidad de identidades derivadas de la propia geografía y fisiología de la urbe, devendrán en subjetividades que circunscriben la esfera urbana en una correspondencia biunívoca sujeto­urbe, que se retroalimenta continuamente.

La fotografía explorará estos nuevos sistemas que le permitirán comprender otras vías de la esfera urbana, provocando que su producción, implicada a la ciudad, oscile no solo de su representación e interpretación, sino de sus elementos, ciclos, individuos, cambios y consecuencias, así como a su abstracción, negación o antagonismo. La fotografía generada en estos cortes temporales será comprendida como una historia social, y en perspectiva, adquirirá la relevancia de documento social.

La anatomía citadina guarda en su interior una genealogía de tintes antropológicos que aloja información desde su surgimiento hasta nuestros días. La ciudad conserva su núcleo, pero juega una tautología interminable de la transformación de sus atmósfera, de su arquitectura, de su recuperación, su abandono, su destrucción, preservación, o bien, del nacimiento de nuevas maneras de comprenderlo y producirlo.

La ciudad es un cuerpo de vestigios superpuestos de múltiples espacios y tiempos que se han acomodado en capas, en las que anida un sinfín de historias, al igual que un palimpsesto. La fotografía, quien lo contempla, descifra y (re)interpreta.

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