LA CIUDAD DE LA ESPERANZA

Y EL CAPITAL GLOBAL

| ENAMORADOS OTRA VEZ

ATexto por Fran Ilich / ilich@sabotage.tv
Imagen: Isaac Torres, El eje histórico, gráfica digital, 2014

(…) Por comenzar en algún lugar, voy a hablar de una no-comunidad: el predio de la colonia Roma donde estaba el campo de batalla en que viví casi siete años. A lo mejor suena exagerado llamar así a los edificios que estaban en el número 87 de Mérida, pero si tomamos en cuenta la guerra contra los pobres, no es del todo inapropiado llamarlo así.

Una buena noche del 2003 o 2004, como parte de las actividades del </html> (hache tactical media lab, pues el lab estaba en el departamento h) decidimos invitar a los artistas hamburgueses que formaban parte de Park Fiction, para que hablaran de su gran proyecto táctico que los convirtió, además de héroes contra la gentrificación, en documenta artists. Tuvimos una excelente convocatoria tomando en cuenta que </html> no era más que el departamento donde vivíamos tres de los cuatro miembros del lab. Para quien no está enterado del objetivo de Park Fiction éste consistía impedir que un lote baldío del distrito de St. Pauli, en Hamburgo (Alemania) se convirtiera en motivo de especulación de bienes raíces o gentrificación, y que por el contrario, fueran los vecinos de la zona quienes decidieran qué hacer con el espacio, acaso un espacio social verde (un parque) para los residentes de la zona, que en su mayoría eran inmigrantes extranjeros. A los artistas mexicanos que asistían como público les parecía «interesante», pero sobre todo tenían mucho interés en hablar acerca de cómo llegar a la próxima documenta como artistas participantes, y preguntaban cómo funcionaban esta clase de proyectos para participar en ella… Y no los proyectos artísticos donde hay factura. Lo de siempre. Boring. ¿Es esto lo que tenemos que hacer para ser documenta artists? La pregunta apasionaba a los asistentes, como si el llamado arte social o político cumpliera la sola función de ser políticamente correcto y de nivelar la balanza para que los «malos» artistas pudieran participar en eventos de importancia internacional. Pareciera que ésa fuera la única gran injusticia que estaba a la vista, lo que, por otro lado, no hace más que reafirmar la ceguera de quienes practican el arte por el trend, digo, por el arte.

Lo peor del caso es que nuestra realidad era precisamente ésa. Apenas unas horas antes, por la mañana, la vecina de enfrente de nuestro departamento h, donde todo esto ocurría, había sido desalojada por sorpresa. La puerta de su casa había sido reemplazada por ladrillos y cemento en lo que ella salió a dejar a sus hijos adolescentes a la escuela. Sus pertenencias estaban regadas por todo el perímetro y los granaderos (la fuerza pública) le impedían el acceso a lo que ella consideraba, al contrario que la ley, como su casa. No conozco bien los detalles —de hecho los conozco demasiado bien—, pero para simplificar esta historia, ya que la realidad siempre es más compleja, el dueño del edificio pretendía transformar el cuartucho donde vivía la familia de dicha mujer (junto con los dos edificios del predio), en una máquina hipster de hacer dinero y para eso era importante borrar la memorabilia del temblor de 1985. La colonia Roma estaba en plena transformación. El punto es que las pertenencias de esta familia estaban regadas por todos lados y la puerta de su casa ahora era una pared de ladrillos. En sólo unos segundos en que la señora bajó la guardia, el sistema económico hizo un upgrade, y saltó, de 1985 al 2005. La metamorfosis ocurría ya. No valía ni pensar cómo habrá se actualizó el sistema en esta misma ciudad de 1501 a 1521, no en un pequeño cuartucho, sino en toda la ciudad.

La gentrificación previa (¿o sería más correcto llamarla genocidio?) convirtió a Tenochtitlan (la capital de la triple alianza mexica) en la ciudad ocupada más importante del virreinato de la Nueva España, sobre la que se escribía con la violencia más atroz una cultura, un idioma y una religión. Todo aquello que los nazis nunca lograron en el siglo XX, lo pudieron instituir los hispanos por más de medio milenio sin la torpeza de un símbolo y un uniforme. Es más, la señora en cuestión, quien claramente era indígena, de verse en el banco de los acusados se habría defendido con todo y habría negado su origen. Lo suyo, como el de los mexicanos era la negación, la virgencita de Guadalupe, el todo está bien, el enemigo no son los criollos hijos de los españoles, sino los gringos. No hay enemigo interno. Es mi culpa. Claro, hay que guardar la compostura y la justa medida.

El local vecino de esta mujer lo ocupaba una florería bastante desocupada, que pocos años después sería una sucursal de American Apparel, la compañía angelina de ropa que se jacta de contratar inmigrantes ilegales (Legalize LA, dicen). Para cuando esto ocurriera la señora en cuestión ya habría sufrido un downgrade, y habría pasado de ocupar un predio a ser la señora de las quesadillas, que no se va, que se queda, cual estrategia indígena (que negaría) de seguir hasta el final resistiendo, sin atreverse del todo a romper el orden y hacer lo necesario para ganar. Siempre perdiendo, pero con dignidad. Vaya, vaya. Y así, toda la zona poco a poco hizo «pop» como palomitas de maíz, y donde antes hubo una comunidad compuesta por viejitos, artistas bohemios y ocupaciones urbanas, de repente hubo un importante segmento de mercado con poder adquisitivo. ¿Cómo llamamos a esto si no extreme takeover o invasión? La gentrificación es guerra económica, que se alimenta del poder económico de una comunidad. La misma palabra gentrificación es una transliteración que viene del inglés británico, cuya traducción correcta al lenguaje del invasor que colonizó la ciudad siglos antes (el español que le quitó no sólo el «estatus» de idiomas oficiales a los que antes se hablaban en la zona, sino incluso el estatus de idiomas) es aburguesamiento (francés hispanizado). Pero la guerra sigue siendo contra los indios, quienes ahora casualmente son pobres.

De regreso a la cuestión que nos ocupa, como buen intelectual de izquierda radical invité a dicha mujer y a sus hijos, a que se integraran a la plática. Les ofrecimos café y galletas. Y también mencioné —amablemente— la coincidencia del momento en que presentábamos la película de Park Fiction. El tema estaba vivo, era relevante, afín. Pero qué ironía, hubo poco eco. De hecho los artistas que estaban como público formaban parte de un movimiento cultural para gentrificar el Centro Histórico. Eran tiempos de bonanza. Gracias a un pacto solidario entre Andrés Manuel López Obrador y Carlos Slim el arte iba a poder tomar las calles e inmuebles del Centro, para abrirlos a artistas innovadores, a la vez que se le inyectaría nueva vida (es decir, se desalojaría a los pobres) a esa zona colonial tan bella, que parecía olvidada por el signo de los tiempos, es decir, por el glamour del capital global.

Los activistas que nos acompañaban estaban en contra de dicha iniciativa de gentrificación. Tampoco había mucho que hacer, en realidad la única opción que teníamos era aceptar un espacio de oficina que le ofrecían a mi hermana y que iba acompañado de cero presupuesto para formar parte de la escena artística independiente gentrificadora; eso o quedábamos fuera de la conversación y por ende la historia. Ni siquiera nos daban la opción de invertir en un fondo. Sí era posible rentar un departamento o estudio a un precio accesible, cosa que a ellos les ayudaría para ir activando la economía y ganar algo en lugar de nada —del mismo modo sucede cuando el ecoturismo recupera territorios rebeldes. Sobra decir que a pesar de la insistencia nunca nos subimos a ese barco, y continuamos nuestra profesión como los peatones de la historia que seguimos siendo hoy. Y al contrario, de todas las historias posibles, fue la izquierda electoral la que entregó el Centro Histórico al capital global. En la medida que pudieron cambiaron a las morenas por las güeras. El supuesto antisalinista número uno le entregó, junto con otros jugosos negocios, metrobuses y segundos pisos, la zona al socio número uno de Salinas. ¿Por qué?, es algo que no entendemos, pero que alguien afuera de la historia del arte podrá explicar mejor (…)

* Fragmento del ensayo publicado en el Capítulo VII La distribución del Poder, del libro 7 proyectos sobre la Ciudad de México, Isaac Torres, LIKE Editorial, México, 2015.

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