La ciudad: una palabra dada

Borges comenzó a usar las manos décadas antes de perder la vista. En los años veinte, solía pasear por los nuevos barrios de Buenos Aires con el fotógrafo Horacio Cóppola; juntos, planeaban editar un libro que fuera un recorrido por su ciudad. Recuerda el fotógrafo: “era interesante su gusto por la piel, por así decir, de Buenos Aires. Por ejemplo, paseando por un lugar por donde había un paredón, Borges puso las manos así, y lo toco, así, como si fuera algo vivo”. Antes de sumergir sus textos en bibliotecas infinitas, Borges hablaba solo de su ciudad: “yo soy el único espectador de esta calle / si dejara de verla se moriría”, escribió en un poema de su primer libro, Fervor de Buenos Aires. Poner por escrito su ciudad fue su primera obsesión literaria, y es posible que acariciara las paredes porque sabía que su tarea era imposible. ¿Fue capaz, alguna vez, de escribir lo que Buenos Aires le decía en las yemas de sus dedos? Esa pregunta y esa obsesión son también nuestras: ¿qué lenguaje, qué trazos o qué números bastan para describir nuestra ciudad? Aún más: ¿qué tipo de palabra es una ciudad?

“Todo México es ciudad”, creía Francisco Cervantes de Salazar hace quinientos años, “porque no tiene arrabales”. En su diálogo México en 1554, tres personajes caminan por la nueva capital y admiran sus calles rectas, su cuadrícula perfecta, la regularidad plana de su plaza mayor. México era “bella y famosa” porque parecía definible; para narrarla, Cervantes se limitó a trazar líneas como un geómetra.
Pero las ciudades “andan, emigran y hasta salen a mudar de aires”, como intuyó Gutiérrez Nájera a finales del siglo XIX, cuando México comenzaba a ensancharse. Caminando intentó describir su porvenir y, con él, su origen disperso: el desplazamiento, el desborde, su propia movilidad. Escribir sobre la ciudad significaba entonces perseguir sus límites en escapatoria y retrazarlos cada vez, para intentar adivinar su futuro.
En los años veinte, cuando el país comenzaba a pacificarse, la ciudad se levantó en armas: “ciudad insurrecta de anuncios luminosos” escribió Manuel Maples Arce en uno de los manifiestos del estridentismo. La ciudad estaba “toda tensa de cables y de esfuerzos / sonora toda” y caminar por ella resultaba casi innecesario. Detenidos en un solo punto, Maples Arce y sus contemporáneos quisieron poner por escrito la estridencia de una ciudad que comenzaba a estallar y a fragmentarse: “la ciudad se desgranó por telégrafo”, dijo Germán Liszt Arzubide.

¿Cambió la ciudad o cambió sólo su escritura? Mejor dicho, ¿ha sido posible alguna vez separarlas por completo?

En un mapa, en un plano, o en un proyecto, la ciudad no es más que una promesa: una palabra dada.

Alguna vez quisimos que esa palabra fuera la belleza y la rectitud; después, el movimiento o el estallido. Incapaces siempre de definirla, no nos ha quedado más que prometérnosla unos a otros como espacio común o como derecho, como tierra prometida.
El menos urbano de nuestros clásicos, El llano en llamas de Juan Rulfo, nos habla también de esa experiencia. En la narración que abre el libro, cuatro personajes caminan por un llano agrietado, caliente, desgranado. “Uno ha creído a veces”, dice el narrador, “que nada habría después; que no se podría encontrar nada al otro lado, al final de esta llanura rajada de grietas y de arroyos secos. Pero sí, hay algo. Hay un pueblo”.
En ese cuento —y en la ciudad— “las palabras se calientan en la boca con el calor de afuera y se le resecan a uno en la lengua”. Pero ellos —y nosotros— seguimos hablando y caminando, creyendo en la palabra que nos hemos dado. El título de ese texto —y el de la ciudad— es una promesa y también un regalo: “Nos han dado la tierra”. Es el espacio que habitamos: una palabra dada.-Dante Saucedo

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