Mónica Arreola

Texto|Paula Vega

“Coleccionar fotografía es coleccionar el mundo.”

Susan Sontag

Arquitecta, artista visual y maestra en Arte Moderno y Contemporáneo, es co-fundadora de 206 arte contemporáneo. Ha obtenido el primer lugar en la Bienal de Fotografía de Baja California en dos ocasiones. Su trabajo ha sido publicado en medios como La Tempestad, Tierra Adentro, Origina, ZOOM y Ojo de Pez. Ha formado parte de exposiciones colectivas en México, Estado Unidos y España. Algunas de sus obras forman parte de la colección del CECUT, ICBC y Museum of Contemporary Art San Diego. La serie Desinterés social explora el fenómeno de la especulación inmobiliaria y el desarrollo urbano mal planifi cado, a través de una serie que retrata el abandono de las URBIS, complejos habitacionales de vivienda social construidos a lo largo de la periferia metropolitana de la zona de Tijuana y Rosarito.

Esta descripción es en lo primero que se piensa al ver las fotografías de Des- interés Social de Mónica Arreola. Una serie en la que captura el estado de construcciones de interés social ubicadas en Tijuana, donde una mala prác- tica urbana y los intereses económicos particulares tienen como resultado la ruina. Qué implica una fotografía de arquitectura si los espacios retratados y su función no cumplen con aquello que prometen. Todos los paisajes de Mónica están vacíos no porque capturen un plano sino porque sus construcciones se presentan como contenedores de una promesa vacía. En éstas lo habitable se vuelve una condición de imposibilidad. Allí las grietas, el cascajo, los andamios, las paredes sin pintar y la estructura desnuda son el resultado de una imagen alterna a la que prometía el catálogo de la constructora x.

Las imágenes a su vez dan cuenta de una ciudad otra, basada no en el número de habitantes y casas existentes sino en la cantidad de cadáveres inmobiliarios que ellas mismas producen y el total de extranjeros que generan. De la misma forma que Tijuana, sus imágenes encierran una condición transitoria pues muestran lo que queda de aquellos que se van, estructuras que de la misma forma que el migrante, se esfuerzan por permanecer de pie y subsistir. Sin embargo, la potencia se inserta cuando se piensa que estos espacios cualesquiera pueden encontrarse en los bordes de cualquier ciudad, repitiéndose de la misma forma que el conjunto de casas, una y otra vez.

Su serie se presenta como el resultado de un sistema que tiene como base la industria inmobiliaria, en donde los únicos beneficiados son los que otorgan el permiso, los desarrolladores y los que buscan un muro nuevo que grafitear. Si el interés social se plantea en el orden de lo público, dónde queda éste en las fotografías cuando los únicos habitantes son un par de perros callejeros, un árbol de navidad seco que aguarda ser adornado o desechado, una palmera que se alza soberbiamente en medio del desierto y un muro convertido en espejo cuyo reflejo sólo anuncia el derrumbe. El evidente abandono es acompañado por la luz y el frío que entra por los huecos de las futuras puertas y ventanas. Ventanas que enmarcan la vista de la segunda recámara o que miran al patio en donde sólo crecen un par de arbustos secos. La privacidad es garantía en estos proyectos, aquí las rejas son reemplazadas por una hilera de llantas viejas y de la caseta de seguridad sólo quedan los andamios junto con un intento de cúpula. Para que los niños jueguen, un área de esparcimiento cuyas vigas de madera ahora forman una diagonal. De las áreas verdes sólo quedan menos de la mitad. La decoración viene a cargo de un artista callejero. El diseño parte de la repetición. Así pues, el molde homogéneo, la caja de concreto con ventana frontal repetida al infinito pareciera una metáfora de la catástrofe neoliberalista, que busca reproducirse infinitamente anunciando en su génesis su propio fracaso.

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