Paradoja del futuro

«Lo que será, será (whatever will be, will be)»
Jay Livingston y Ray Evans

Alguna vez oí a Daniel Libeskind decir que los arquitectos siempre debemos ser optimistas y pensar en el futuro. A mí, esta visión de ingenua esperanza en el porvenir —es decir, concebir al tiempo como una línea recta y progresiva, y que siempre apunta a mejorar — me parece reduccionista y tal vez hasta equivocada. Me parece, incluso, peligrosa. Esto porque, por un lado, el optimismo tiene que ver con una acción moral de la arquitectura —es decir, cómo la arquitectura se plantea la premisa de intervenir el entorno a partir de reducirlo y transformarlo a una forma bella, y por lo tanto pura o idealizada—; y la segunda, el futuro, nos habla sobre la manera en que, a partir de la arquitectura, planteamos nuestro lugar en el tiempo presente con respecto al porvenir.

Para responder a Libeskind, debo empezar por establecer algo que en cierta medida me contradice, o por lo menos anula hasta cierto punto mi diatriba: es verdad que la misma palabra proyectar significa echar algo hacia adelante, y que por lo tanto cualquier proyecto es un intento de futuro: una idea proyectada es necesariamente una realidad posible. Y es cierto también que en el fondo (y en el mejor de los casos) de eso se trata el oficio arquitectónico: pensamos realidades inexistentes a partir de lo que creemos que será mejor e intentamos llevarlas a cabo.
También es cierto que la arquitectura-como-construcción-física es resultado de ideas, o prejuicios sobre la realidad —posturas morales, políticas o estéticas—, y por ende no cabrá duda que es un medio a través del cual representamos nuestras concepciones y cosmogonías. (Tal vez por eso es que resulte inevitable asignarle un valor negativo a priori, resultando siempre en una idea optimista de lo que será.)

Entonces, se puede afirmar que la(s) arquitectura(s), y en consecuencia, la(s) ciudad(es), son la materialización de las ideas de futuros posibles y buenos de las sociedades que nos preceden.Así, parece resultar que la acción de la arquitectura es necesariamente optimista y debe incluir una visión positiva del futuro. ¿Pero entonces por qué no hemos logrado la utopía?
Y pregunto, ¿podemos realmente concebir un futuro hoy en día?, ¿somos nosotros arquitectos quienes deben asumir esa tarea? Y también, ¿debemos seguir pensando en el rol de la arquitectura como un agente de cambio? Es decir, ¿tenemos los argumentos suficientes como para alzarnos como faro moral ante el caos ético del presente? Y, finalmente, ¿a qué realidad respondemos: a la real —aquella de conflictos, contradicciones, desigualdad y violencia, — o a la ideal —esa donde todo el tiempo es primavera?

 

 

 

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