Territorio inseguro en Sudáfrica

: naturaleza vs. urbano

Al pensar en África probablemente se piense en sus paisajes únicos antes de sus ciudades, pero, si se planea hacer un viaje al punto sur del continente ambas experiencias son imperdibles. Por un lado, fauna y flora gigante, extraño, prehistórico. Por el otro, ciudades modernas occidentales con diversidad racial enorme, diversidad lingüística enorme y orgullosamente africanas. Mantenidas, limpias, con un toque de grafiti y mucha pobreza. La identidad del todo el país no reside en su gente, sino en su naturaleza – lo cual no es extraño, quizás debido a los problemas raciales que han existido, quizás porque las tribus originales fueron exterminadas.

Sudáfrica es hogar del parque nacional Kruger (nombre que quizás hayan escuchado en Animal Planet o Discovery Channel); un espacio un poco más pequeño que el estado de Hidalgo donde residen animales africanos en su entorno natural. La actividad básica es el safari fotográfico: manejar todo el día en búsqueda de animales. Cansar los ojos observando y analizando la sabana en espera de movimiento, alguna mancha extraña que remita a algún mamífero, ave o reptil.  Después de un día tan cansado es posible ir a ciudades cercanas, pero la experiencia se define al dormir ahí.

Una cosa es dormir en una cabaña en un bosque cualquiera, y otra es dormir en rondawel a la mitad del highveld. Sin internet, sin televisión.

Al caer la noche la única opción es dormir. Si es que se quisiera salir se tiene que ir acompañado de un guardia armado porque existe una gran probabilidad de ser atacado por un leopardo nocturno. No existe situación que se compare; para un citadino es surreal. Una cosa es tener miedo de maleantes y otra cosa muy distinta es tener miedo de predadores. Bajo el sol africano, insoportable aún en invierno, bajo las impresionantes estrellas del hemisferio sur – la vía láctea a plena vista –  no podría existir lugar tan contrario a lo urbano y debido al contraste, tan entrañable e impresionante.

Visitar Johannesburgo, Jo’burg o Jozi, consta de una dinámica similar.

Tengo que aclarar que no puedo hablar objetivamente en este artículo. Mi madre sudafricana fue una de mis acompañantes en este viaje (o más bien, yo fui una de las suyas). Ella, una blanca boer como el resto de la familia y sus amigos fueron los guías del viaje, los cuales tuvieron autoridad absoluta sobre los lugares de visita. La única forma recomendable de entrar al centro de Johannesburgo fue a través de un turibus. En ninguna parada del centro de esta ciudad fue recomendable el descenso. En la parada más importante era ofrecido un guardia de seguridad.

Grandes edificios modernos y decó erguidos en un auge gracias a la industria minera, la consolidación de la industria; la ciudad que lo acompaña. Imagen de la modernidad del apartheid. Todavía es latente el momento antes de su disolución – momento de crimen extremo resultando en el abandono del distrito financiero. Todavía no se re-habita. Vidrios rotos. Edificios completos abandonados. Inmigrantes nigerianos, congoleses, ugandeses, locales pobres.

En el suburbio donde dormimos, de casas amplias, jardines delanteros y traseros y albercas no era raro escuchar de robos a mano armada, de vecinos disparados. Había una reja que daba a la calle. Una reja a la entrada de la casa. Una reja al jardín trasero. Una reja antes de entrar a los cuartos. Una pistola en el cuarto. Una pistola sobre el refrigerador. Un arma de electrochoque en la guantera del coche. Compañías de seguridad privada.

Hoy, la experiencia de lo urbano en las ciudades de países en desarrollo va acompañada del miedo, en mayor o menor medida.  Estar rodeado de fauna silvestre, extrañamente genera más seguridad que estar en Jozi, aún así desde una camioneta sin ventanas y a unos cuantos metros de un depredador considerablemente más grande que un humano. El territorio del miedo y de lo inseguro ni siquiera termina estando en la recámara de tu casa.

Cassandra Gutiérrez Oosthuysen

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