Tradición o crítica en la fotografía de la ciudad

Texto|Eduardo Ramírez

 

Un fotógrafo me contó que la primer fotografía de la que se tiene conocimiento, fue una de la ciudad (Daguerre, calle de París, 1838). El largo tiempo de exposición que se requería para fijar la imagen –alrededor de 10 minutos– exigía que el objeto dela imagen escogido fuera estático, me dijo.

La primera contradicción conceptual que me salta tiene que ver con el mito del “instante fotográfico” al considerar el largo lapso de esos 10 minutos necesarios para fijar la imagen.

La lógica del dispositivo “cámara fotográfica”, y su desarrollo tecnológico posterior, redujo esos 10 minutos de exposición a rangos menores a un segundo.

Esto implica “relentizar”, por la fotografía, un proceso dinámico –la vida de la ciudad.

No puedo dejar de asociar esta “relentización” de un proceso vivo para captar su imagen, con la tradición –también surgida en los inicios de la fotografía– de tomarle fotos a los muertos.

Marga Clark ve en esta “relentización” un forma de muerte. En sus Impresiones fotográficas dice, “la fotografía es un instante de captación y muerte”. Y, con respecto al retrato, “a través de nuestros retratos atestiguamos, contemplamos nuestro propio deterioro, o más poéticamente, nuestro desvanecimiento hasta llegar a la muerte.”

Parafraseándola –y para evidenciar que la fotografía de ciudad es también una forma de, al “relentizarla”, captar su muerte– se podría decir, “a través de la fotografía de la ciudad atestiguamos, contemplamos (fascinados) nuestro propio deterioro”.

La detención del tiempo, de ese proceso vital, que actualiza la fotografía, solo por registrarla –¿estetizarla?– evidencia, capitaliza, en esta lógica del dispositivo (detención, disolución, tiempo-vida, registro, memoria, repositorio) un sistema de jerarquización, estetización, prácticas dentro de un circuito de poder o de capital que se entrevera con su propia tradición.

Pensar la ciudad como algo fijo, estático, es una segunda contradicción conceptual que me asalta. Y más desde esa primer imagen del París (capital) del siglo XIX.

Cotidianamente la dinámica de la ciudad implica su construcción, destrucción, renovación y ruina. Ninguna de estas etapas del proceso puede ignorarse. Es ingenuo señalar o aislar a la ciudad en solo una de estas etapas. Y, en parte, al registrarlas, fijarlas, como lo hace la fotografía, caemos en esta trampa, en esa tentación.

La ciudad se ha convertido también en un dispositivo de vida. Su diseño, su disposición, sus dinámicas, interacciones, modos de relacionarse, la movilidad que propone, se han convertido en modos de producir comunidad, sujeto, ciudadanía, sentidos vitales. Detenerlas, fijarlas es una forma de restarles vida. Retratarlas con alguna intención crítica, es anular su dinámica.

Vista como resultado de estas dos contradicciones conceptuales, la foto de la ciudad es un proceso agónico, que necesita, pide, ser registrado, “relentizado”, ya no como crítica, sino como pertenencia a un artefacto meramente técnico, como parte de la lógica de ese dispositivo que es la fotografía y se instituye conjuntamente con el crecimiento urbano, con la inmanenscia del sujeto.

La fotografía de los procesos de la ciudad –sus deterioros, desplazamientos, intersticios, resistencias, prácticas– no puede ser tomada como crítica.

Simplemente es situarse dentro de la tradición de la fascinación a la imagen de la muerte que tenemos.

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